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El conflicto como cuna de la democracia

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Por: Margarita Sánchez Gualdrón[1]

La historia de la democracia no es lineal ni pacífica; no ha encontrado puntos ascendentes de mejora continua. Por el contrario, es una historia marcada por periodos en los que la democracia ha avanzado y retrocedido, ha sido ensalzada y desechada, se ha adaptado a los tiempos modernos y ha incorporado elementos ajenos, manteniéndose vigente por ser considerada la mejor forma de gobierno. En ese sentido, tras su prolongada existencia, resulta fundamental destacar las bases que le dieron origen. Esta reflexión plantea que la democracia, entendida como proceso más que como categoría, permanece en disputa constante y, al calor de la participación popular, siempre puede abrir mejores espacios para definir colectivamente nuestro destino. Las fuentes principales son dos grandes textos, uno del historiador Mogens H. Hansen[2] y el otro del abogado César Vallejo Serna[3].

Aproximación histórica a la democracia en la antigüedad  

Como sostiene Mogens H. Hansen, la democracia fue introducida por Clístenes en 508/7 a. C. y abolida por los macedonios en la conquista de Atenas en 322/1[4]. No obstante, volviendo sobre la premisa inicial, estos siglos de historia antigua y los que lo antecedieron estuvieron cruzados por intentos de derrocar el gobierno democrático y retomar modelos autoritarios. Esta historia compleja y profundamente disputada permite identificar una serie de hitos que marcan los momentos clave en la construcción de la democracia como un proceso en constante tensión, especialmente en Atenas, donde estas disputas por el tipo de poder adquieren una relevancia particular. A continuación, se señalarán algunos de esos momentos fundamentales.

Acogiendo la tesis de Mogens H. Hansen[5], para comprender verdaderamente la democracia es necesario retroceder más de cien años antes de las reformas de Clístenes, a una época en la que Atenas era gobernada por magistrados (archai) elegidos por y entre los eupátridai, es decir, los “bien nacidos”. Esta élite concentraba el control del conocimiento, la elaboración de las leyes y la economía, lo que en la práctica excluía al resto de la población de cualquier posibilidad real de participar en los asuntos públicos.

En ese sentido, la creciente desigualdad entre la clase dominante y los pequeños campesinos (hektemoroi), quienes se veían obligados a entregar parte de su producción so pena de ser esclavizados, provocó una movilización popular en demanda de la abolición de la esclavitud por deudas, la eliminación de la obligación de los hektemoroi y una redistribución de la tierra. Esta tensión social llevó a que aproximadamente de 630 a 530 a. C., se evidenciara una inestabilidad política que tuvo como sucesos clave el intento de golpe de estado de Cilón, las leyes de Dracón, las reformas de Solón, la tiranía de Pisístrato y finalmente el ascenso de Clístenes.[6]

Cada una de estas etapas respondió a la presión de las clases populares o a los intentos de la élite de conservar el control mediante concesiones limitadas. Por medio de Dracón en 621 a. C., Atenas consiguió su primer código de leyes escrito con lo cual los eupatridai dejaron de ostentar el monopolio del conocimiento de la ley. Por su parte Solón en 594 a. C. realizó una amnistía general, abolió la esclavitud por deudas, liberó a los hektemoroi de sus obligaciones y les permitió conservar sus tierras libre de cargas, pero no tocó la redistribución[7]. También reorganizó socialmente a los atenienses según su producción anual, de modo que la posición social dependiera de la riqueza y no del origen, marcando así un tránsito del gobierno aristocrático hacia uno dominado por los ricos.

Pero la tensión en lugar de desaparecer se acrecentó con la profusión de una serie de guerras internas que condujeron al Ática a la inestabilidad. Como lo señala César Vallejo Serna[8], los choques entre aristócratas como Megacles y Licurgo, así como la continuidad de la injusticia contra los campesinos, abonaron el terreno para que emergiera Pisístrato y su descendencia quienes se mostraron ante la opinión como representantes de las masas empobrecidas[9]. Pisístrato y sus hijos si bien gobernaron hasta el fin de sus días, no fueron recordados gratamente en Atenas.

Fueron las guerras con Esparta las que propiciaron el fin de la tiranía de Pisístrato, ya que los espartanos, bajo el mando de Cleómenes, marcharon contra Atenas. Esta situación fue hábilmente aprovechada por Iságoras, quien logró derrocar a Hipías (hijo de Pisístrato) y ser nombrado arconte en 508. Sin embargo, su periodo fue breve, ya que otro aristócrata, con un discurso más popular, organizó una revuelta para deponerlo[10]. Ese aristócrata fue Clístenes.

A él se le atribuye la verdadera ruptura con el orden aristocrático ateniense debido a que incorporó al demos en su lucha política[11]. Su reforma, como señala Vallejo Serna, consistió en la reorganización del espacio cívico mediante la creación de diez nuevas tribus, asignando un territorio a cada una. Estableció el Consejo de los 500 para garantizar la representación de todas las tribus e implementó la figura del ostracismo, que permitía exiliar a posibles tiranos. Su tarea fue asegurar la democracia frente a los enemigos internos y externos, ampliando la ciudadanía y reconfigurando el ejército para que muchos más atenienses se incorporaran. Estas medidas fortalecieron la participación popular y permitieron que el nuevo sistema se defendiera frente a amenazas como los intentos de restauración de la tiranía o la invasión Persa.

La consolidación de este proceso democrático se dio con las reformas de Efialtes y Pericles, que redistribuyeron el poder desde el consejo aristocrático del Areópago hacia la Asamblea, el Consejo y los tribunales populares. La expansión del imperio ateniense luego del triunfo sobre los persas en 480 a.C. y su transformación en potencia naval también implicó una mayor participación de los sectores populares en la vida política. Así, la democracia ateniense fue el producto de una ampliación progresiva del demos, no solo en términos jurídicos, sino sobre todo en términos materiales y políticos y, no solo como concesión de líder de turno, sino como exigencia por su participación decisiva en las guerras.

Efialtes fue asesinado en 461 a. C., siendo sucedido por Pericles. Durante los siguientes 32 años, Pericles se consolidó como un líder destacado de Atenas, aunque no exento de oposición. Bajo su liderazgo se introdujeron nuevos elementos en el modelo democrático, como el pago por participar en la actividad política y el endurecimiento de los criterios para acceder a la ciudadanía, lo que convirtió a esta en un grupo cerrado, con muy escaso potencial de expansión.

Tras la muerte de Pericles, Atenas vivió una profunda transformación política en medio de la larga y desgastante Guerra del Peloponeso (430–404 a. C.) contra Esparta. Mientras Esparta representaba la oligarquía, Atenas defendía la democracia y la extendía entre sus aliados. Sin embargo, los fracasos militares, especialmente la desastrosa expedición a Sicilia, debilitaron la confianza en el sistema democrático y dieron pie a revueltas oligárquicas, como la instauración del breve régimen del Consejo de los 400 en 411 a. C., impuesto por una élite que culpaba al pueblo y a sus líderes por los errores de la guerra. Aunque la democracia fue restaurada poco después, los episodios de violencia política, la manipulación de la asamblea y las críticas sobre su funcionamiento dejaron en evidencia su fragilidad.

El fin definitivo de la democracia ateniense se dio en el año 322 a. C., tras la derrota de Atenas frente a Macedonia en la Guerra Lamiaca. Ese conflicto ocurrió poco después de la muerte de Alejandro Magno.

Esta sucesión de hechos demuestra que la historia de la democracia, lejos de ser un relato de progreso institucional continuo, es en realidad la crónica de una lucha constante entre clases sociales y dentro de ellas mismas. Su evolución estuvo marcada por retrocesos, violencia y enfrentamientos, pero también por avances impulsados por la presión popular y conquistas que permitieron al demos obtener un poder real de decisión sobre los asuntos colectivos. De ello se concluye que la democracia, como proceso social, no es algo cerrado ni plenamente definido, sino que se encuentra siempre en tensión y constante redefinición, tendiendo a lograr avances más significativos cuando abre sus puertas a una participación más amplia y genuina del pueblo.


[1] Abogada y Especialista en Derecho Administrativo de la Pontificia Universidad Javeriana. Especialista en Derecho Constitucional y candidata a Magíster de la Universidad Externado de Colombia. Actualmente es asesora legislativa en el Congreso de la República. X: @MargaritaSnchzz.

[2] MOGENS H. HANSEN, La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Madrid: Editorial Capital Swing, 1991).

[3] VALLEJO SERNA, CÉSAR MAURICIO, La política como fundamento de la libertad (Bogotá: Universidad Externado de Colombia 2016)

[4] MOGENS H. HANSEN, La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Madrid: Editorial Capital Swing, 1991), 45.

[5] MOGENS H. HANSEN, La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Madrid: Editorial Capital Swing, 1991).

[6] Ibid.

[7] MOGENS H. HANSEN, La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Madrid: Editorial Capital Swing, 1991)

[8] VALLEJO SERNA, CÉSAR MAURICIO, La política como fundamento de la libertad (Bogotá: Universidad Externado de Colombia 2016)

[9] Ibid.

[10] Ibid.

[11] MOGENS H. HANSEN, La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Madrid: Editorial Capital Swing, 1991)

Para citar: Margarita Sánchez Gualdrón, “El conflicto como cuna de la democracia” en Blog Revista Derecho del Estado, 23 de junio de 2025. Disponible en: https://blogrevistaderechoestado.uexternado.edu.co/2025/09/29/el-conflicto-como-cuna-de-la-democracia/