Cruces en el desierto: mujeres y niñas desaparecidas.
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Por: Pilar Maturana Cabezas[1]
En el desierto de Chihuahua, México, varias cruces de color rosa irrumpen en esa tierra inhóspita para visibilizar la falta de justicia ante una de las manifestaciones más extremas de violencia de género, la desaparición (https://www.cipdh.gob.ar/memorias-situadas/lugar-de-memoria/las-cruces-de-ciudad-juarez/).
Algunos de los nombres que se pueden leer en esas cruces son los de Claudia, Esmeralda y Laura, tres jóvenes que en dos mil uno desaparecieron, y cuyos cuerpos fueron encontrados sin vida en el terreno conocido como “Campo Algodonero” el 6 de noviembre de dos mil uno, con signos de haber sufrido agresiones físicas y muy probablemente violencia sexual.
Claudia Ivette González tenía 20 años y trabajaba en una empresa maquiladora; el 10 de octubre de 2001 llego dos minutos tarde a trabajar, por lo que no se le permitió entrar; ese mismo día desapareció. Esmeralda Herrera Monreal tenía 15 años, desapareció el 29 de octubre, luego de salir de la casa en la que trabajaba como empleada doméstica. Laura Berenice Ramos Monárrez tenía 17 años; la última noticia que se tiene de ella fue el sábado 22 de septiembre del mismo año, cuando llamó a una amiga para avisarle que estaba lista para ir a una fiesta (https://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_205_esp.pdf, párrs. 165, 166 y 167).
Nuevos nombres, a lo largo de estos años, se suman a la lista de mujeres y niñas desaparecidas.
Las historias de las jóvenes de Campo Algodonero, diecisiete años después, se cruzan con las de mujeres y niñas desaparecidas en una zona de la región de Atacama en Chile. Un territorio, tal como señaló hace pocos días la activista feminista por la diversidad y vocera de Memoria Feminista Atacama Alejandra Carrasco, “donde la aridez no solo está en la tierra sino también en la justicia” (https://www.instagram.com/p/DQmS9GxjfH2/).
A raíz de lo anterior, el Comité de Expertas del MESECVIemitió un comunicado por la desaparición de Tanya Aciares, Thiare Elgueda, Catalina Álvarez, Sussy Montalván y Marina Cabrera. En él reconoce que estos hechos ocurren “en un contexto de desprotección, barreras en el acceso a la justicia y consecuente impunidad”, expresando su preocupación por el patrón de desaparición en un contexto de profunda desventaja social, lo que además se ve agravado por la respuesta dilatadas del proceso judicial, la utilización de estereotipos por parte de las personas operadoras de justicia, una serie de obstáculos para acceder a la justicia y el silencio del Estado (https://www.oas.org/en/mesecvi/docs/Comunicado%20CEVI%20Chile%20Mayo%202025.pdf).
Estas cruces y estos cruces, en una nueva conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nos deben llevar a reflexionar sobre el fenómeno de la desaparición que afecta a mujeres y niñas en nuestra región, como una de las manifestaciones más cruenta de violencia, al que se suma el peligro para éstas de ser víctimas de tortura, maltrato y abusos, además de tener más probabilidades de ser víctima de violencia sexual o tortura sexual (https://dplf.org/ser-mujer-y-desparecer-estandares-de-genero-de-la-corte-interamericana-de-derechos-humanos-en-casos-sobre-desaparicion-forzada/).
La reflexión que propongo parte de otro fenómeno, pero esta vez uno de la naturaleza: el desierto de Atacama, el más árido del mundo, se llena de flores cuando se inicia la primavera en el sur del continente.
A partir de este fenómeno de la naturaleza, me pregunto si es posible pensar un desierto no como un lugar árido, sino como una tierra fértil para la justicia, la verdad y la reparación; un lugar donde florezca la esperanza de un mundo sin violencia contra mujeres y niñas por razón de su género.
Para abonar en tierra fértil, es urgente que los Estados articulen todo su aparato para cumplir con las obligaciones de prevenir, sancionar y erradicar las violencia, y garantizar los derechos humanos de mujeres y niñas en nuestro continente.
Para ello es fundamental la incorporación del gender mainstreaming, que siempre debe caminar de la mano con el enfoque interseccional, “lo que implica el análisis de los factores que convergen de manera simultánea, aumentando el riesgo de ser sujetas a violencia”(https://www.oas.org/es/mesecvi/docs/Cuarto%20Informe%20Hemisférico%20capitulo%20AL.pdf, párr. 12).
El uso de los lentes de género es una herramienta que irrumpe en los distintos eslabones de la cadena de justicia, con el objetivo de garantizar los derechos de las víctimas y sus familias. Con ellos además es posible ver los estereotipos de género presentes en las distintas etapas del proceso y que pueden impedir el acceso a la justicia; al mismo tiempo que comprometer la imparcialidad e integridad del sistema de justicia; dar lugar a la revictimización de las denunciantes; afectar la credibilidad de las declaraciones, los argumentos y los testimonios de las mujeres (en cuanto partes o testigos); y, castigar a las mujeres que no se ajustan a tales estereotipos (https://www.acnur.org/fileadmin/Documentos/BDL/2016/10710.pdf, párr. 26)
Estas pre-concepciones de atributos o características poseídas o papeles que son o deberían ser ejecutados por mujeres y niñas fueron la piedra angular de la respuesta del Estado frente a la denuncia de desaparición de las tres jóvenes en el caso Campo Algodonero, lo que tuvo claras consecuencias en la tardía respuesta del Estado, como también en la sensación de impunidad no solo de los familiares de Claudia, Esmeralda y Laura, sino de todas las mujeres (https://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_205_esp.pdf, párr. 400).
En este caso, cuando las familias de las tres jóvenes concurrieron a las autoridades a denunciar la desaparición, se encontraron con juicio de valor respecto del comportamiento de las víctimas y con ninguna acción concreta destinada a encontrarlas con vida aparte de la recepción de declaraciones” (https://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_205_esp.pdf, párr. 277).
Expulsar los estereotipos de género es una de las tareas ineludibles si nos tomamos en serio el derecho de las mujeres y niñas a una vida libre de violencia. Los estereotipos de género deben erradicarse desde el primer contacto con el sistema de justicia y los servicios especializados, las investigaciones, actuaciones preparatorias para juicio, los juicios en cualquiera de las ramas del Derecho, y en las reparaciones y su implementación (https://www.oas.org/es/mesecvi/docs/Cuarto%20Informe%20Hemisférico%20capitulo%20AL.pdf, párr.13).
A ello se suman otros elementos tales como contar marco legislativo; el deber de crear e implementar protocolos y guías de actuación que favorezcan la investigación en casos de desaparición dirigidos no solo al Ministerio Público, sino también a fuerzas policiales y servicios medicolegales (https://www.oas.org/es/mesecvi/docs/Cuarto%20Informe%20Hemisférico%20capitulo%20AL.pdf, párr.428); formación permanente en la materia a los distintos agentes del Estado.
Todos estos elementos se deben conjugar en la lucha para erradicar este fenómeno como una de las tantas manifestaciones de violencia por razón de su género contra mujeres y niñas y en un contexto de un entramado de relaciones desiguales entre hombres y mujeres.
El desierto de Chihuahua y el de Atacama, parecen decirnos que en la sequedad y la aridez de su suelo, ver florecer algo más que cruces rosas es un sueño. Pero contra ese relato, y tal como sucede cada año en el desierto de Atacama, en esta nueva conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia, el llamado es a pensar en conjunto estrategias, acciones contra esta grave violación a sus derechos humanos, con el fin de garantizar el derecho de todas las mujeres y niñas una vida libre de violencia.
Este espacio también es un gesto de reconocimiento a todas esas familias, en especial a esas mujeres buscadoras, que son la mayoría en las Américas (https://www.amnesty.org/es/projects/mujeres-buscadoras-en-las-americas/). Mujeres que trabajan, cuidan, y que en muchos casos que quedan a cargo de los hijos e hijas de esas mujeres desaparecidas. En su búsqueda, y en la lucha colectiva, muchas de ellas se convierten en defensoras de los derechos humanos, exigiendo una justicia libre de estereotipos nocivos de género, junto con cambios legislativos, políticas públicas y acciones contra la impunidad.
Una de esas tantas mujeres es Norma Esther Andrade, madre de Lilia Alejandra García Andrade, de 17 años, quien en 2001 en Ciudad Juárez desapareció y cuyo cuerpo fue encontrado sin vida, con signos de violencia (https://corteidh.or.cr/docs/tramite/garcia_andrade_y_otros.pdf).
La lucha incansable de Norma, logró que el caso de su hija llegara a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Además, es una de las fundadoras de la organización Nuestras Hijas de Regreso a Casa A.C. (https://nuestrashijasderegresoacasa.blogspot.com).
Es también un espacio para honrar la memoria de las mujeres víctimas de desaparición, como las de Sara, Ivonne y Macarena, tres de las catorce jóvenes desaparecidas en Alto Hospicio (Chile); y de todos esos nombres que escuchamos en la canción Vivir sin miedo, un himno feminista interpretado por Vivir Quintana y Mon Laferte en el Zócalo de Ciudad de México en dos mil veinte.
Este 25 de noviembre, es un día para alzar la voz y gritar juntas “Ni una menos. Ni una más”.
[1] Abogada. Doctoranda en Estudios Avanzados en Derechos Humanos por la Universidad Carlos III de Madrid; Máster en Estudios Avanzados en Derecho Humanos y Máster en Derechos Fundamentales por la Universidad Carlos III de Madrid; Máster en Argumentación Jurídica por la Universidad de Alicante; directora de la Asociación de Magistradas Chilenas. Jueza del Tribunal de Familia de Colina. Email: pilarcabezas@gmail.com
Para citar: Pilar Maturana Cabezas, “Cruces en el desierto: mujeres y niñas desaparecidas.” en Blog Revista Derecho del Estado, 16 de noviembre de 2025. Disponible en: https://blogrevistaderechoestado.uexternado.edu.co/2025/11/16/cruces-en-el-desierto-mujeres-y-ninas-desaparecidas/