«No jueguen con nuestro dolor»
El Mundial de Fútbol como oportunidad de movilización
Por: Olga Patricia Velásquez Ocampo1
Durante el Mundial de Fútbol de Argentina de 1978, el periodista deportivo neerlandés Frits Barend al pasar por la Plaza de Mayo se acercó a un grupo de mujeres que usaban pañuelos blancos en sus cabezas y fotografías colgadas en sus cuellos; al preguntarles qué hacían, las madres le relataron cómo, mientras el mundo fijaba su mirada en el campeonato, ellas buscaban a sus hijos desaparecidos. La súplica de las madres en la plaza fue el primer registro que dio a conocer internacionalmente lo que ocurría bajo la dictadura cívico-militar (1976-1983). Casi cinco décadas después, previo a la inauguración del Mundial de Estados Unidos, Canadá y México de 2026, más de mil familiares de desaparecidos marcharon por la Calzada de Tlalpan en Ciudad de México portando velas, fotografías enmarcadas y camisetas de la selección intervenidas con los rostros de sus seres queridos. Con consignas como: “La pelota vuelve a casa… ¿y tú cuándo?” y “No jueguen con nuestro dolor” estas mujeres se movilizan por la búsqueda de las 134.460 personas desaparecidas registradas oficialmente en México, Amnistía Internacional señaló que hay más desaparecidos en ese país que asistentes al partido inaugural del Mundial.
El paralelo entre los mundiales de Argentina 1978 y México 2026 ilustra una lógica de movilización de las mujeres que puede leerse a través del concepto de ventanas de oportunidad: momentos que rompen con la cotidianidad y que las mujeres identifican y aprovechan estratégicamente para movilizar sus perspectivas e intereses y visibilizar sus demandas. Estas ventanas suelen abrirse por la combinación de factores que favorecen la participación, como ocurre en los procesos transicionales, donde el marco normativo internacional de derechos, el lenguaje compartido de los colectivos y la movilización de la sociedad civil convergen para crear espacio de acción. Un escenario como el Mundial de Fútbol abre una ventana análoga: la atención internacional se concentra sobre el país sede, generando escrutinio externo y creando un momento de visibilidad para los movimientos sociales.
A raíz del escaso apoyo de las autoridades, las mujeres buscan a sus seres queridos por sus propios medios. Esta realidad responde a una asignación de roles de género estructural: socialmente, las mujeres son consideradas como cuidadoras, lo cual lleva a que, en el marco de los procesos de búsqueda, sean ellas quienes dediquen sus vidas a indagar por el paradero de sus familiares desaparecidos. Esa misma posición las expone cotidianamente a ser atacadas, difamadas, desacreditadas e incluso criminalizadas por defender los derechos humanos.
La feminización de la búsqueda revela una doble vulneración. Primero, las mujeres sufren el impacto directo de la desaparición —generalmente la pérdida del sostén económico del hogar— con consecuencias materiales, psicológicas y sociales documentadas. Segundo, asumen por cuenta propia una obligación que corresponde al Estado: buscar, localizar e identificar a las personas desaparecidas. Cuando el Estado falla, los sesgos del sistema designan quién paga el costo de esa omisión. Una política pública de búsqueda que recaiga de facto sobre las mujeres, sin recursos, sin protección y sin reconocimiento, es una política que reproduce la desigualdad.
Las madres buscadoras han desplegado diferentes estrategias de movilización. En Ciudad de México, la Glorieta de la Palma, renombrada por los colectivos como la Glorieta de las y los Desaparecidos, se erige como un ejercicio de reapropiación del espacio público. En Guadalajara, el colectivo Luz de Esperanza distribuyó alrededor del FIFA Fan Festival un álbum de láminas mundialistas en el que los rostros de los desaparecidos reemplazan a los de los jugadores, siendo esta una de las estrategias de movilización más interesantes, donde los colectivos emplean uno de los elementos centrales para los fans del fútbol como un soporte involuntario del derecho a la memoria.
Esta ocupación del espacio no es solo simbólica, la marcha “Iluminemos la búsqueda” del 10 de junio de 2026 reunió familias de al menos diez estados —incluyendo colectivos como Hasta Encontrarles CDMX y Una Luz en el Camino— quienes marcharon hacia el Estadio Ciudad de México, donde se jugaría el partido inaugural las autoridades establecieron perímetros de seguridad alrededor del estadio que, en la práctica, coincidían con las rutas históricas de movilización de los colectivos. Como he analizado junto a otros colegas, la relación entre memoria y seguridad urbana es problemática: los movimientos sociales son desplazados de ciertos lugares bajo lógicas de orden público, se les asignan espacios “tolerados” pero marginales, y se regula indirectamente el contenido de sus protestas a través del control de sus formas.
Las estrategias desplegadas por las madres buscadoras — el álbum de láminas, la marcha hacia el estadio— no son actos aislados de duelo, sino el ejercicio deliberado de una ventana de oportunidad que el Mundial abrió, sin embargo, esa visibilidad tuvo que construirse desde los márgenes que las propias autoridades les permitieron, allí donde el control del espacio público —disfrazado de seguridad u orden— coincide, no por casualidad, con las rutas donde la memoria incomoda.
- Doctora en Derecho de la Universidad de los Andes. Magíster en Estudios Latinoamericanos con énfasis en investigación de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Magíster en Derecho con énfasis en investigación de la Universidad de Los Andes. Especialista en Derecho Público de la Universidad EAFIT y Abogada de la misma institución. Ha trabajado para la Corte Suprema de Justicia; investigadora postdoctoral de la Pontificia Universidad Javeriana en temas de derecho, género y justicia transicional; coordinadora de la Clínica Jurídica de Acciones Públicas y Litigio de Interés Público; consultora para el Ministerio de Justicia en política criminal; e investigadora residente del Bonavero Institute of Human Rights de la Universidad de Oxford. Ha sido profesora por más de una década en los niveles de pregrado y posgrado en universidades como Los Andes, Javeriana, EAFIT, Militar Nueva Granada, Santiago de Cali y Universidad de Medellín. Actualmente se desempeña como Profesional Especializada en la Sala Especial de Primera Instancia de la Corte Suprema de Justicia. Sus líneas de trabajo se enfocan en el derecho constitucional, justicia transicional, perspectiva de género en el derecho y la investigación socio-jurídica. ↩︎